
Nuestro territorio ha atravesado por varias bonanzas económicas que han marcado su destino y siempre las acciones pertinentes de su dirigencia ha ido detrás de la fuerza económica de esos momentos de esplendor económico.
Si recordamos, muy tarde nos dimos cuenta de la importancia de Cicolac (Compañía Colombiana de Alimentos Lácteos) como la productora de la leche Klim, la marca cesarense de mayor trascendencia en el mercado mundial, como resultado de la actividad ganadera en su momento cumbre.
Cicolac fue la primera gran industria que le dio a Valledupar una identidad más allá de lo rural, convirtiéndola en un centro de acopio agroindustrial de importancia nacional.

Gracias a la estructura que montó Cicolac, el Cesar se posicionó durante décadas como la cuenca lechera más importante de la Costa Caribe. Incluso durante la crisis del algodón, la ganadería —respaldada por la industria láctea— sirvió como el “amortiguador” económico que evitó el colapso total de la región.
La crisis del sector hizo que se cerraran los centros de acopios lecheros en la mayoría de los municipios, la firma fue absorvida por la multinacional Nestlé, acabando con los puestos de trabajo y sacando del foco el producto Made In Cesar.
Hay que precisar que Cicolac nació originalmente como una alianza donde Nestlé ya tenía una participación mayoritaria. No fue una empresa estatal que se vendió, sino una inversión privada extranjera que, con el tiempo, fue absorbiendo el control total y transformando su modelo de negocio.
El “oro blanco”

Lo mismo sucedió con la crisis algodonera, que sucedió a la gran bonanza, que convirtió al Cesar en el principal productor de la fibra en el Caribe Colombiano generando miles de puestos de trabajo y millones de jornales para los recolectores.
En los años de mayor esplendor, el Cesar llegó a cultivar entre 120,000 y 140,000 hectáreas de algodón. Solo el municipio de Valledupar aportaba una parte masiva de esta extensión. Se estima que el departamento producía más del 50% del algodón del país. En términos de rendimiento, se alcanzaban promedios de 2 a 2.5 toneladas por hectárea, lo que se traducía en cientos de miles de toneladas de fibra y semilla anualmente. Durante las temporadas de cosecha, la región atraía a más de 100,000 recolectores (muchos de ellos migrantes de otras regiones del país como Santander o el interior), convirtiendo a Valledupar en el epicentro económico del Caribe colombiano.
La bonanza terminó hacia finales de los años 80 y principios de los 90 debido a una combinación de factores: La apertura económica, que facilitó la importación de fibra más barata, la llegada de plagas resistentes (como el picudo del algodonero) y la caída de los precios internacionales y el aumento de los costos de los agroquímicos.
Con relación a este producto, debió llegar la crisis, para que los productores crearan la procesadora Federaltex, que se convirtió en un esfuerzo en vano del cual hoy solo quedan sus bodegas. La historia de Federaltex (Federación de Textileros S.A.) es el símbolo del ascenso y la estrepitosa caída de la era industrial en Valledupar. Fue el intento más ambicioso de la región por dejar de ser solo un productor de materia prima y convertirse en un centro de transformación industrial.
La educación no es un tema menor

Lo mismo parece que esta ocurriendo en materia educativa, desde que se inició la explotación carbonífera, y mucho antes, se habló que había que preparar con pertinencia a los jóvenes de la región, cosa que solo se decía en los discursos de campaña electoral, pero que luego de estar en los cargos no se materializaron.
Hoy cuando el tema de la descarbonización es un tema global, cuando en Colombia hablamos de transición productiva, especialmente en nuestro territorio, es que los alcaldes están hablando de convertir esta zona en un corredor universitario. Parece que el ADN administrativo del Cesar tiene un retraso frente a los tiempos de sus oportunidades económicas.
No quisiéramos ser pesimistas, pero la construcción de la Universidad Nacional, que costó mas de 200 mil millones de pesos y que avanza en su proceso de consolidación académica debe ser evaluada, el inicio de un proyecto de construir la Universidad Militar Nueva Granada en Becerril y la construcción de un Campus Universitario de la UPC en La Jagua de Ibirico, merecen un análisis detallado, de si es oportuno o si lo que se proyecta, tiene pertinencia con el futuro económico que se perfila de cara a la transición productiva territorial.
Es mejor revisar con cabeza fría lo que se está pretendiendo invertir y de cara a qué se van a hacer estas inversiones. El Cesar ha fallado, asi lo demuestra la historia, cuando se trata de invertir para enfrentar crisis. Aquí hay que planear ese futuro, hay que observar sobre la ruta que el departamento lleva en materia económica, para de allí poder realizar inversiones, que mas tarde no se nos vuelvan un dolor de cabeza.
El Gran Reto: La Calidad y la Pertinencia

La construcción de estas universidades es un movimiento no solo conveniente, sino estratégico y urgente. Estos proyectos pueden representar el “salvavidas” educativo para una región que ha dependido casi exclusivamente del carbón durante las últimas tres décadas. Para que sea realmente conveniente, no basta con “ladrillos y cemento”. El reto de estas nuevas sedes es que su oferta académica sea pertinente. Si las universidades siguen ofreciendo únicamente las carreras tradicionales (Derecho, Administración clásica o Psicología), el impacto en la transición energética será mínimo. La región necesita programas técnicos y profesionales en energías limpias, mecatrónica y desarrollo rural sostenible.
Desde este medio hemos insistido hace muchos años, que en el territorio hace falta una organización fuerte, en donde participen la sociedad civil organizada, la academia, los sindicatos, los gremios y los gobiernos territoriales que permitan perfilar el desarrollo de nuestro departamento. En varios escenarios hemos propuesto convertir al Cesar o al menos a los municipios de vocación minera en una Zona Especial de Desarrollo Económico, pero parece ser que a la dirigencia no le sirve tener municipios unidos, sino mantenerlos aislados, por separado, para de alli ellos conformar sus distritos electorales, repartirse el botín electoral, burocrático y de paso el económico.
Esta es la pieza faltante en el rompecabezas de la transición en el Cesar. Históricamente, el corredor minero (La Jagua de Ibirico, El Paso, Becerril, Chiriguaná y Agustín Codazzi) ha operado como una suma de municipios vecinos, pero no como una unidad funcional. Crear una organización regional fuerte —una especie de Autoridad para la Planificación y el Desarrollo del Corredor Minero— permitiría pasar de la “supervivencia por regalías” a un modelo de “prosperidad post-carbón”.
¡Amanecerá y Veremos!














Comments are closed