Editoriales

El presidente y la tragedia

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Luis Eduardo Barreto Muegues – Editor

Han pasado 11 días desde que ocurrió el terremoto de 7.4 grados en la escala de Richter, que sacudió al sureste colombiano y dejó un saldo considerable de muertos, heridos, desaparecidos y daños materiales en distintas infraestructuras.

No es para menos que una situación de esta los tome por sorpresa y mucho más, si no se hizo un empalme como la ley manda, simplemente por el capricho del nuevo mandatario de no aceptar la información que iba a recibir del presidente saliente.

Es que, cuando crees estar por encima de las circunstancias, es cuando la vida te enseña cómo ser humano lo frágil que eres en el universo. Abelardo de la Espriella, en su calidad de mandatario, creyó que no iba a necesitar saber qué recibía, cómo recibía y mucho menos con qué herramientas contaba para tomar el timón de este barco, que se llama La Nación.

El presidente aún parece manejar el libreto de la campaña: sus ademanes, sus promesas, sus dichos y hasta el slogan “Firmes Por La Patria”, han sido el sello que le ha puesto a la atención del drama que viven los habitantes de esta parte del país afectados por el fenómeno natural.

Primero en un lugar tirando besos, luego en otro lugar lanzando balones marcados con el logosimbolo de su campaña y luego poniendo por encima una catedral religiosa como prioridad, ante los miles de damnificados dejados por el terremoto.

Hay que advertirle al señor presidente, que ya la campaña pasó, que él debe asumir con suma responsabilidad la dirección del Estado, y que así como hizo, de muy buena manera, al habilitar el buque hospital dejado por el saliente presidente, estos son recursos del Estado, que pertenecen a todos, y que él, como mandatario, no representa a un movimiento político, sino que, en nombre de ese movimiento político que lo llevó a la presidencia, nos representa a todos, así muchos digamos que “No nos representa”

La tragedia, señor presidente, le va a permitir probar de qué está hecho usted, le da la oportunidad de legitimar aún más la responsabilidad que tiene como jefe del Estado y de alguna manera disminuir los fuertes vientos de polarización que azotan a la patria.

Bájese de la nube, pro yanqui, móntese en el buque de la esperanza y lleve por buenos mares a una Nación que necesita elevar su espiritu a los más altos niveles de reconciliación para ver si por fin encontramos el caminó de la verdadera paz. Bájese, señor presidente, de su elevado ego y haga realidad su deseo de una “Patria Milagro”; estoy seguro de que las nuevas generaciones se lo reconocerán y su nombre quedará marcado con letras de oro en la historia de Colombia.

¡Amanecerá y veremos!

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