Esta parece ser la consigna del electo presidente de Colombia, Abelardo de La Espriella, a quien, como estrategia de campaña, parece que le funcionó.

Para nadie es un secreto que el intento de desprestigio al actual presidente de Colombia, Gustavo Petro Urrego, se dio desde sus aspiraciones al cargo, por su origen como ex guerrillero del extinto M19. Eran muchos los sectores políticos, de opinión, gremiales y medios de comunicación que consideraban que Petro no estaría a la altura de gobernar a Colombia. Incluso se llegó a decir que padecía una enfermedad mental, que era adicto a las drogas y que su papel como jefe de Estado llevaría a Colombia a una debacle o, como mínimo, a convertirla al Castro Chavismo que llevó a Venezuela a su estado actual de crisis.
Hoy es 3 de julio; faltan un mes y tres días para que finalice su gobierno, para que el nuevo inquilino de la Casa de Nariño asuma el control de esta Nación. Un mes en el que se debe hacer un empalme administrativo, financiero, de seguridad y el balance ejecutivo que permita avanzar al nuevo gobierno. Pero, aquí surge la inquietud: ¿Pretende el nuevo presidente alcanzar la legitimidad necesaria de su mandato, desprestigiando al sucedido con señalamientos, críticas y atropellos que buscan dejar en el peor de los ridículos al ex mandatario colombiano?
Si es pertinente evaluar, que Abelardo de La Espriella parece que no ha entendido que la campaña terminó y que debe ejercer el rol del ejecutivo que le tocará asumir a partir del 7 de agosto de 2026, cuando en el acto de posesión tome juramento de lealtad al país y a los principios constitucionales que lo hacen garante de las libertades y la soberanía de esta nación y no de otra.
El primer mensaje en ese sentido es el de la amenaza de quemar el símbolo del M19, estructura política del petrismo, como lo es el sombrero del ex candidato presidencial asesinado Carlos Pizarro León Gómez y el otro símbolo de la resistencia representada en la sotana del cura Camilo Torres, a quien el actual jefe del Estado, guarda profundo afecto. Es cierto que está en la libertad de no tenerlos en la casa de gobierno, pero amenazar con “incendiarlos” no es la mejor forma de asumir el control.
De otro lado, anunciar que el BID le donó 60 millones de dólares para hacer su emplame, en el que empleará 1.200 expertos en 22 mesas temáticas, para recibir el gobierno en una especie de empalme anticorrupción, que permitirá identificar los males que dejará el gobierno saliente, constituyéndose en hito para la nación. Desconociendo, quizás el presidente electo, que los recursos del BID corresponden a la gestión directa para la transición energética y no a la transición del gobierno, y que nunca en la historia este organismo ha girado más de 500 mil dólares para la transición de un gobierno en ninguna parte del mundo donde tiene injerencia.
Estos dos anuncios parecen poca cosa frente a las afrentas y amenazas de posible captura y extradición de Petro, algo que el presidente electo ha utilizado desde su campaña como caballo de batalla, señalándolo de ser amigo de la mafia y el principal jefe de los carteles del narcotráfico colombiano.
Es aquí donde uno revisa, como quien no es coherente, olvida rápidamente el pasado y actúa como si nunca en su vida hubiera cometido un error. Es menester entender que Abelardo de la Espriella sabe que en su contra votaron cerca de 13 millones de colombianos y que esos votantes, en su inmensa mayoría, lo hicieron en nombre de la persona que él va a suceder con una diferencia mínima de votos. Él sabe que la legitimidad de su gobierno está cuestionada por su pasado, por su presente y quizá por lo que se ve venir en el futuro. Por eso mismo, es preferible seguir desprestigiándolo al máximo, porque en la medida que ese desprestigio crece, la débil legitimidad de su triunfo también crecerá.
¡Amanecerá y Veremos!












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